1982


1982

Mi tía que es la que armaba los pedazos, mi tía, la que bailaba folclore y murió el año pasado, la que recorría el barrio y conversaba con los vecinos en las esquinas sobre el estado de la basura y de los espacios verdes que quería vender el municipio y sobre los semáforos, me decía siempre de ella, la mamá de Fernando, que quería verme para darme algo.

Ella regresaba en cada encuentro con mi tía a mi nombre porque muy chico escribí una poesía que se publicó en un suplemento zonal, cuando murió Fernando, en 1982.
La última vez que lo crucé, fue en la última fila de asientos de la línea 161, ramal Florida, regresando desde San Martín, a la hora en que los pibes salen de los colegios en forma atropellada y ruidosa y por alguna causa coincidimos los del Tomás Guido y los del Mitre. En ése entonces, un compañero llevaba un grabador a cinta en los recreos y nos hacía escuchar Manal y daba exámenes del sistema coronario en la clase de biología dibujando corazones con flechas clavadas. Los preceptores revisaban el largo del pelo para que no se tapara el cuello de la camisa y el largo de los guardapolvos para que las chicas no mostraran las piernas. El rector del colegio nos recomendaba en forma de orden la clausura del periódico escolar, porque el director del anterior diario escolar estaba desaparecido. Recuerdo no comprender entonces lo de escribir para luego desaparecer.
Recuerdo de otro amigo que nos contaba de Zeppelin y se esforzaba porque entendiéramos algo de música, y que me enseñó la tapa de un vinilo que cambiaba de color si le pasabas agua como si fuera magia. Pero en la radio y en los bailes, sonaba desde hacía tiempo Último Tren a Londres, como si fuera un boleto de ida de un viaje que nunca sucedería. Faltaba poco para que todo terminara por develarse y New Order editara, como un comentario al margen de la historia, Power, Corruption & Lies.
Aquella última vez, en la última fila del colectivo rojo, Fernando habló de que quería conocer el mundo, embarcarse como la única manera de conocer el mundo en un tiempo de dictadura. Los puertos Chinos con sus ferias de comida o el frío increíble de los mares rusos. El Pacífico y el trópico. Agua y cielos.

Cuando alguien muere permanece en lo que el otro dice, y supongo, que como murió tan joven, su madre trataba de encontrar la ausencia de la historia de futuro.
Con mi tía Iris, la que bailaba folclore, la madre de Fernando pasó un mediodía hace un par de años, y me dejó una foto. Quería dejarte la foto de tu amigo, me dijo, más que como un recuerdo, como un regalo, por haber escrito una poesía sobre él, en 1982, cuando murió.
Pero yo no podía dejar de sentir vergüenza, un poco por haber crecido y porque él nunca crecería: también vergüenza por no poder recordar ahora que la memoria juega a las escondidas. Recuerdo la vez que golpeó con la punta del banco de madera y la sangre brotaba como océano y el seguía jugando sólo como un hijo de vasco puede aguantar hasta que los maestros llamaron al médico y lo enviaron a la casa. Recuerdo la vez que fui a ayudarlo con los deberes de una materia que le resultaba difícil y el ambiente fresco y en penumbras de la casa en la que la madre nos hizo la leche. Recuerdo que no había remedio con su letra parecida a un electrocardiograma. Recuerdo que hacía dibujitos en el cuaderno, pero no recuerdo los dibujos. Lo recuerdo andando en bicicleta en el barrio antes de que hubiera más coches que veredas y cómo nos fuimos hasta los vagones abandonados en los terrenos del ferrocarril y cómo mi padre nos retó, a mi hermano y a mí por no volver a la hora prometida. Pero siento vergüenza porque no tengo nada más de él y también porque la madre cree que tengo algo que lo recuerda y yo no sé en qué lugar de la infancia se quedó.
Habrá sentido la explosión en la sala de máquinas? Si quería ver el mundo qué hacía ahí abajo? Alguien se habrá dado cuenta de que no estaba en los botes naranjas cuando el barco se hundía?

Mi tía Iris, la que armaba los pedazos familiares, y mi madre que no puede evitar ponerse triste cuando recuerda, también me contaron de Juan Estrella, mi primo del sur que volvió de las islas, pero que nunca terminó de volver realmente. No sé qué habría visto o sentido, pero para la época, y para nosotros, los de aquella época, los sentimientos se dejaban en la puerta de la mente, para que no salieran a pasear. En el sur, en la ciudad en donde Juan vivía con su familia, luego de que regresó, se iba a caminar y caminar y luego debían ir a buscarlo y lo encontraban, perdido, como si se alejara o acercara, nunca lo sabré, al pasado de la guerra, a kilómetros de distancia. Un día tal vez pensó que no era suficiente caminar a pie por el desierto para perder o para encontrar lo que había visto en las islas y para ir más lejos en las distancias de lo que sentía el relato familiar cuenta que decidió no seguir viviendo.

Ahora, cuando estoy furioso o contrariado (y lo estoy casi todo el tiempo) como si estuviera en deuda con las vidas que no se vivieron, como si las cosas debieran hacerse como si no hubiera retorno, siento que no hay distancias que puedan recorrerse tan terribles como las de la memoria que se obstina en borrar lo que nos queda de los que se fueron.

Roberto Camarra


A la memoria de Fernando Dorgambide y de Juan Estrella que nunca volvieron.

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