Bioy

Nunca entendí la amistad como sentimiento, la amistad como algo más extraño que el amor. Cómo saber en qué lugar se esconde lo que hace posible que alguien diga que no hay más amor más grande que dar la vida por los amigos? Ahora que aún no estoy preparado para escribir sobre lo que pasó, regreso a Bioy. Hace años, muchos, poco tiempo antes de que muriera, lo entrevisté con unos amigos del Instituto. Estaba de traje, hundido en el sillón, con la pinta y la clase que aún anciano sólo Adolfo Bioy Casares podía tener. Alguien lo había dejado en la sala y nunca se movió de ahí y cuando se despidió de nosotros, fue porque nos acompañaron por la puerta que llevaba hacia las escaleras y el quedó con la mano en alto, agitándola, como quien se despide desde un tren inmóvil. Nos llevaron y nos trajeron a él, y lo recuerdo cerca de una biblioteca con fotos de Silvina y de su hija, una biblioteca por la cual nos miramos con nuestros compañeros como si viéramos algo cercano y aún así, de un secreto inaccesible. Bioy, no paró de guiñarle los ojos celestes a la chica que nos acompaño y que llevamos como un talismán que franqueara las puertas de la calle Posadas. Hacia el final de la charla en la que contó sobre fotos y cuentos y la vez que cayó desde un caballo; mientras hablaba y nosotros permanecíamos, mudos y en trance, habló de Borges. Y entonces recordó el día en que lo acompañó al médico oftalmólogo que le dijo a a su amigo que su ceguera sería progesiva, que le dijo, brutal y sin vueltas a Borges que en futuro se quedaría ciego. - A ese médico médico lo odié, soltó Bioy, con una furia que nunca más ví, una fiel furia de dolor por la suerte de su amigo que pronto dejaría de ver; y lloró sin represión y sin verguenza y con rencor, inmóvilmente fiel al dolor de un amigo que ya hace tanto había muerto. Ahora, que ya es inútil y tarde, regreso a los perros que duermen al sol, esos perros serenos e impávidos en la fugacidad del tiempo, que fielmente y sin esperanza mantienen una furia contenida y fatal por la suerte del dueño que acaso los desconoce. Roberto Camarra, octubre de 2012.

Comentarios

  1. Roberto,
    me conmovió el relato. Trasciende tu valioso mundo interior, más allá de lo anegdotico.
    Bella foto del alma.
    Un abrazo
    Magdalena

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