It's a wonderful life.

De las películas de los 80’s que hablan de esa oportunidad única en la que se decide la suerte o la verdad de lo que uno será, y que ahora están en el irrepetible tiempo que no volverá al que pertenecen Erasure, The Police, y Pet Shop Boys,  la más conocida de las que definen la idea del conflicto entre el normal mundo de lo diurno y el peligroso recorrido de lo nocturno es Después de hora. (After Hours, Martin Scorsese, 1985). El personaje de Griffin Dunne es un oficinista creído que cree poder salir impune de una noche de contacto con el otro lado. Es, cobarde y autocontrolado, una pequeña réplica de nosotros mismos e intenta ingresar en un mundo al que no pertenecerá nunca, salvo quizás, que se convierta en obra de arte. Si leés Trópico de Cáncer de Henry Miller en un bar cuando deberías estar en tu casa, la tragedia ocurrirá al perder el último subte, sin dinero para el taxi, en conversación con seres que no frecuentaste nunca.
Pero los recursos también están en la personas, y podés ser un odontólogo abandonado por tu pareja que recupera el olvidado instinto de supervivencia que como en el espejo de Alicia, te hace entrar al revés de las cosas y arrastra a seguir a una ladrona, sobre todo cuando se llama Lulú, y tiene una peluca negra. En Totalmente Salvaje (Something Wild, Jonathan Demme, 1986), el bueno de Jeff Daniels olvida todo lo que hay que olvidar y corre por el borde del peligro, a jugar con un juego de esposas en moteles; corre el riesgo porque la chica es Melanie Griffith vestida como solamente los 80’s te podían poner y además, porque lo otro, el universo del consultorio y la separación, es una muerte lenta.
Y claro, Fuga al amanecer, la de Landis (Into The Night, John Landis, 1985), en la que la piba que hace correr al arquitecto insomne de Jeff Goldblum es Michelle Pfeiffer. Porque todo es un sueño, y cuando uno no puede dormir y escucha los gritos en la calle, y camina atontado por el calor y el hastío, el peligro de la noche viene a rescatarte de tu vida prefabricada.
O por lo menos uno imagina que hay algo más, porque a veces, lo único que queda no es escapar, sino quedarse y resistir.  Hace años una nochebuena caminé por las calles de mi barrio antes de las 12. En mi barrio, en navidad y por el calor uno puede espiar los brindis, las teles y los arbolitos encendidos, las abuelas en un rincón y las mesas con las almendras y las nueces, los pibes inquietos, las sidras compradas de apuro, la gente chocando las copas, como sosteniéndose.  Así que un 24 a la noche siempre es bueno para volver a It’s a Wonderful life, (Frank Capra, 1946), que ya no pasan en la tele supongo que porque es en blanco y negro. Ahí está James Stewart, renunciando una y otra vez a lo que desea, porque el padre muere, y porque el hermano va a la facultad y luego está la guerra; porque  siempre hay un malo en el pueblo y la mayoría baja la cabeza y se resigna, y porque no hay nada como juntar moneda tras moneda para que los demás lleguen a cierta idea de la felicidad; una casa, una familia, un fin de año compartido, no mucho más. Pero la noche oscura de este hombre, de todos modos sucede, el universo se vuelve malvado y no importa a cúanto renuncie o cúantas cosas haga por los otros, él cae y cae y al fin se ve a sí mismo, miserable e idéntico, impotente y rencoroso en una casa que nunca terminará de construir, a punto de la cárcel y la vergüenza. ¿Pero qué cosa es lo que construye uno en los años de la vida, para quién, por qué, por cúanto tiempo? ¿Hay que algo que no es posible de entender? ¿Algo que no viste? ¿Deberías haberte quedado o haber partido hace tanto tiempo?
Así que ahora que mi madre murió este año y ya no está, como mi padre, y se desdibujan en el tiempo así como la nieve de la película permanece en mi memoria, pienso en ellos que simplemente se quedaron y sostuvieron todo.
Pienso en el hombre llamado George Bailey y en el actor que se llamó James Stewartque corre una nochebuena por las calles de Bedford Falls, corre y saluda con alegría a los hombres y las cosas cuando corre y se hunde en la nieve de decorado, a punto de perderlo todo, y aún así, inmensamente feliz de entender y de estar vivo aunque todo se deshaga y el universo se derrumbe en sus hombros.

Roberto Camarra, 24 de diciembre de 2013.



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