Cómo juegan los gauchos

¿Por qué jugamos si un mundial es una cueva de ladrones y caen bombas por aquí y allá y las cosas son tan tristes y terribles?
¿Por qué jugamos?
Cuando somos pibitos todo es juego; lo demás es superficial, lejano, ajeno, juegos de grandes que regalan su tiempo por papelitos de colores, juegos que los hacen tristes, encorvados, vencidos.
Pero aunque crezcamos siempre intentamos jugar. Jugamos para recuperar el territorio de la infancia, en el que los malos y los buenos son tan fácilmente discernibles, en dónde nadie deja a un amigo en la estacada y en dónde nadie está contento si los suyos pierden.
Jugamos porque en ese tiempo uno da la vida por su puesto, porque cada uno se acomoda a lo que puede, pero cuando juega aprende y el juego es alegría.
Como me enseñaron algunos muy buenos profesores de educación física: jugamos en el espacio, jugamos en el tiempo, jugamos contra otros y con el otro, y sobre todo jugamos contra nosotros y a favor de nosotros. Jugamos a pesar y gracias a las reglas, a los regladores y a nuestros sueños. Nada más maravilloso que saber, competir y aprender, porque cada deporte y cada función que hacés en el juego te dice quién sos y algo mejor: quién podrías ser.
A fines de los noventa nada menos, o quizás por eso precisamente, una serie de TV para chicos enseñaba a los chicos que si existe el juego, existe la posibilidad de perder, inspirados, probablemente en una película de Walter Matheau.  (1), (2).
Prefiero la carrera en llanto del pibe Messi luego del penal a Holanda y a la final, un llanto de niño (un chiquito al que no quisieron ayudar a crecer y se fue lejos porque nadie daba los dos pesos que cuesta que un chico crezca sano, como si que un chico creciera resultara caro a nuestros gustos infantiles de adultos). Un pibe que siempre será pequeño pero que no puede olvidarse que en algún momento fue feliz en el barrio cuando era apenas una pulguita, el más chico de los chicos, y porque hay que ser excepcional para intentar crecer siendo el más pequeño en bosques de gigantes cuando dar la altura lo mide todo.
Prefiero la carrera en descontrol del pibe serio al que le costó crecer y no la risa arrogante de los malos del colegio, los victoriosos Müller y Schweinsteiger que se burlan de la periodista colombiana que les pregunta por el botín de oro, brutales en su insulto como los grandotes que en la escuela le pegaban en el recreo al gordito, al que estudiaba de más, al inmigrante, al pequeñito. (3)

La burla solamente tiene sentido si uno se ríe del poder, del que es más grande, sabiendo que siempre nos faltarán cinco pal peso para tomar el bondi.
Ese cantito repetido por los jugadores y por la gente habla en verdad de que una hubo una vez que enfrentamos a jugadores invencibles que nos arrinconaron en un área porque eran los mejores y aún así, siendo menos, la Armada Brancaleone (4) de los arrabales, con un gordito petiso con un tobillo inflamado como una pelota y un flaquito teñido de rubio con una vinchita de Once impidieron el incendio con la fe de unos pibes de barrio.

¿Por qué jugamos, si la copa es de plástico y un jugador nuestro una vez morderá la medalla desconfiado del dorado y a otro se la robarán y un tercero la venderá al estar en desgracia?

¿Cómo debe caminar un vencido? (5) ¿De qué manera caminan los campeones? Algunos no tienen gracia ni cuando son campeones del mundo. Perder y ser invitados de piedra en una fiesta de Caras con modelos en el césped del Maracaná, un cóctel al final de un partido inhumano, esperar de pie en la fiesta extraña, frívola, mientras todos esperan más de vos, el héroe de los que ya no pueden.
En El Sueño de los Héroes, la novela de Adolfo Bioy Casares (6), el protagonista solamente quiere recuperar una imagen que se escapa en un sueño, algo que se parece a una pesadilla innombrable, un carnaval de espanto. Y abandonará todo y cruzará la ciudad para descubrir quiénes son los otros y para saber si dará la talla, no para ganar o perder; de cualquier manera estamos hechos de derrotas, para saber si tuviste valor en ese instante. Todo se acabará en algún momento y apenas puedo recordar a mi viejo sin control sobre su cuerpo, cuando lo único que importa es saber si te la bancaste, si diste el número de tus zapatos, quién fuiste en el momento en que todo se perdió.
Si entonces fuiste Cruz, Fierro o Vizcacha, (6) si te persiguen y ya no hay pasado ni futuro y si nada más queda cabalgar, hacia el horizonte cabalgar.

A los vencidos. Roberto Camarra, julio de 2014.







(1)       Cebollitas. (Telefé, Argentina. 1997-1998) Telenovela infantil-juvenil de Enrique Torres y Daniel Dátola. Con Carlos Moreno, Beatriz Spelzini y Maximiliano Ghione.
    (2) The Bad News Bears. (USA, 1976). Dirigida por Michael Ritchie. Con Walter Matthau, Vic Morrow, Tatum O’Neal.
     (4) La Armada Brancaleone, (Italia, 1966). Dirigida por Mario Monicelli. Con Vittorio Gassman y Gian Maria Volonté.
      (6) Hay una película sobre la novella de Adolfo Bioy Casares dirigida por Sergio Renán e interpretada por Germán Palacios y Lito Cruz. (Argentina, 1997).
     (7) Hay una versión fílmica de El Martín Fierro de José Hernández (Argentina, 1968), dirigida por Leopoldo Torre Nilsson. Con Alfredo Alcón y Lautaro Murúa.

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