Oh, mother, blood, blood!

Patrick (1) desea, pero su deseo de amor se escribe con una posesiva violencia llena de horror, y entonces sabemos que nada calmará el dolor, el de un cuerpo inmóvil en una clínica dirigida por extraviados que cuidan los envases, como dicen los médicos, las cáscaras de las personas que alguna vez fueron, aplicando electricidad a los cuerpos para que las neuronas decidan otros caminos que los recuerdos en los que están atascados completos de furia, sobre todo porque involucran a la sangre de su sangre. Aunque esa imagen sea lo que no los deja morir.
Hay algo insuperable de la vieja escuela en las películas de los 70’s y 80’s, primero porque son de la época en que las películas eran películas, cine con sus colores prostibularios y sus argumentos llenos de dolor. Y segundo porque hoy el terror se convirtió en otra cosa. Un terror de esquina, de callejón, de inútil alucinación torturada.
El film australiano de Richard Franklin (1) sobre el paciente que está atrapado en su cárcel de odio nos lleva por telekinesis a Brian de Palma, con Carrie (2), (la de la época en que Stephen King era un perfecto monstruo), a mover objetos con la mente, a  hacer que los cuchillos vuelen afilados como un sexo sin usar, y a las inmortales furias de venganza empapadas en rojo.
En la nueva versión de Patrick de Mark Hartley, hay, como dice el director, música de terror de la vieja escuela, de Pino Donaggio, el mismo que hizo la música de Carrie, la chica que estalla sangre por la culpa aturdida de la represión. También músico de Dressed To Kill de Brian De Palma (3), cuyo protagonista mata para poder ser y porque no puede ser otra cosa y de Don’t look now (4), de Nicholas Roeg, en el que falta algo y esa ausencia es tan espantosamente irremplazable, como una capucha roja sangre en un canal de miedo.
A lo mejor de eso se trata todo: de lo irrefrenable que es despertarse una mañana para saber que la puerta a la realidad es una madre perturbada y un colegio cruel lleno de compañeras de pesadilla y el propio nombre, Carrie, lleva el acento de la sorna del barrio. O el terror de saber que el odio quedó congelado en el instante en que Patrick percibió a su madre como un monstruo que lo hizo monstruo a su vez, y sabemos que cuando no hay madre, nada hay.
En las las películas de los 70’s u 80’s el miedo hablaba desde dentro nuestro, era el abismo de nuestros insomnios indecibles,  y ahora es un invitado extraño, como si un exorcismo mágico de armas y “puertas pentágono”  pudiera tranquilizarnos.
La misma imagen de los cuerpos en sangre mutan en una línea que va de la chica humillada y a punto de estallar de Sissi Spacek en el final de la fiesta de colegio en Carrie, a la guerrera en revancha de Uma Thurman en Kill Bill (6), hasta alcanzar a la imagen fantasmagórica e impotente y esquiva de la chica sin nombre en el medio de la calle The Purgue. Anarchy. (5)
Una de las cosas que quizás nos enseñan los itinerarios de imágenes replicadas en estos films es que las razones de lo que nos atraviesa de la intimidad a la venganza nos han evadido y hoy todo es un desesperado intento por sobrevivir en una competencia deportiva del horror. Aunque salgamos vestidos para matar en esta guerra urbana, permanecemos como los pacientes de la clínica de Patrick. Somos los que asisten a la cacería y al festín a través de un vidrio antibalas. Pero lo que mueve el odio o el amor sigue siendo aquello que se perdió y no nuestra aventura actual y nocturna de sobrevivientes urbanos, rambos y lobos de depuración insensata. No hay bomba que garantice nada, ni purga efectiva que lo haga. Una vez finalizada la matanza, como en el final de The Purgue, el reloj vuelve a contar.
Entonces, cómo no extrañar el horror de los 80’s, tan personal, y tan íntimo, tan profundamente humano, algo que nos concierne directamente porque habla de los verdaderos terrores profundos: si nos quisieron alguna vez, si alguien nos habló y acarició y fuimos queridos o abandonados. Si nuestra sangre escapó de una madre oscurantista como la de Carrie, o de un monstruo insensible como la de Patrick.
Cómo no extrañar algo original como el terror de ‘70’s y 80’s, original en cuanto va al origen de las preguntas, si es que hay algo ahí detrás del monitor de las pulsaciones: lo que nos sostenga vivos, por el odio, la venganza o el dolor. Que nos mantenga vivos aunque parezcamos muertos, como Patrick, que sobrevive escupiendo para decir que sí o que no, con la saliva malvada volando, furiosa resistencia a lo insensible que le mató el cuerpo aunque le respire el corazón, deudas infames que quedan en la sangre y por la sangre y que alguna vez desde la muerte vuelven a ajustar las cuentas.
Porque después de todo, podemos sobrevivir por la madre aún muertos y con ánimo de venganza como Norman Bates (7), pero no importa si vivimos cuando falta la madre, porque todo falta cuando no hay madre: porque si no hay madre, nada hay.

Roberto Camarra, julio de 2014.

1.- Patrick. Dirigida por Mark Hartley. (Australia, 2014). Con Sharni Vinson, Rachel Griffiths y Charles Dance. La versión original de Patrick (Australia, 1978), fue dirigida por Richard Franklin. Con Susan Penhaligon y Robert Helpmann. La música fue de Goblin (música de Dawn of the Dead el film de George Romero y Phenomena de Darío Argento) y Brian May, el mismo creador musical de la saga MAD MAX.
2- Carrie. (USA, 1976). Dirigida por Brian De Palma sobre la novela de Stephen King e interpretada por Sissy Spacek, Amy Irving y Piper Laurie. Música de Pino Donaggio, que en sus ratos libres hizo la música de Doble de Cuerpo, también de De Palma y Seed of Chucky (el muñeco maldito).
3- Dressed to kill. (Usa, 1980). Dirigida por Brian De Palma. Con Michael Caine, Nancy Allen y Angie Dickinson. Música de Pino Donaggio.
4.- Don’t Look Now de Michael Powell. (Gran Bretaña, 1973). Con Julie Christie y Donald Sutherland. Música de Pino Donaggio.
5.- The Purgue. Anarchy. (USA, 2014). Dirigida por James DeMónaco. Con Frank Grillo y Carmen Ejogo.
6.- Kill Bill. (USA, 2003). Dirigida por Quentin Tarantino. Con Uma Thurman, Daryl Hanna y David Carradine. Mas allá de la similitud de la imagen de Thurman con su ropa ensangrentada como ocurre con la Sissi Spacek,  hay una referencia homenaje al film Patrick en la película de Tarantino cuando el personaje de Thurman permanece en coma en el hospital y escupe.
7.- Dentro de las madres inolvidables del cine y su relación con el hijo está: Psycho, de Alfred Hitchcock. (USA, 1960). Con Anthony Perkins y Janeth Leigh. El personaje de Norman Bates, le grita desde dentro de la casa a la madre – ¡Blood, oh, mother, blood, blood! cuando aparentemente descubre el rastro de sangre de Marion Crane, (Janeth Leigh).





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