Platea y Paraíso

De la infancia recuerdo dos regalos.
Uno era un rotulador que ansiaba con capricho porque creía que podía colocar las letras en las superficies de las cosas y porque lo había visto en la televisión y era útil y elegante y mágico en sus aplicaciones y porque las publicidades traducen la idea de la felicidad en un objeto que tus padres puedan pagar en algún momento. Cualquier pregunta del por qué del deseo del rotulador que tenía una cinta que pegaba las letras en los cuadernos no hubiera podido ser satisfecha. Un objeto del deseo que provoca la publicidad, algo inalcanzable para mí por el precio y que al recibirlo en un cumpleaños, supe casi tardíamente, conmovido porque de alguna manera mi madre o mi abuela o ambas habían satisfecho el capricho, que era fútil y pasajero como casi todas las cosas que poseemos.
El otro regalo que recuerdo que recibí también en los primeros grados de la primaria y que me hizo llorar pensando que no lo merecía, fue un cachorrito mestizo, un perrito que alguien abandonó en el colegio y decidieron darme y que llevé alzado a casa y al que le pusimos inexplicablemente King, y que mi madre pese a ser macho, acaso pensó Queen y que tradujo, resistencia ideológica al inglés mediante, escribiéndolo con su letra de maestra en el cepillo para el pelo blanco y negro de la mascota, como un Quinn, que lo bautizó definitivamente.
Esos regalos, los que necesitan un nombre y a lo mejor, nunca lo encuentran, son los inolvidables porque también un regalo requiere, para que lo sea verdaderamente, una sorpresa, un encuentro inesperado.

Escribo esto porque hoy una amiga me regaló una entrada para The Old Woman (1), la obra de Robert Wilson, Willem Dafoe  Mikhail Baryshnikov y porque es un presente caro, para ella y para mí, y porque cada vez que siento, toco o como algo de un precio inalcanzable, le noto poco gusto, como el rotulador que quedó inútil y sin usar desde la noche de mi cumpleaños en una caja.
Mi mamá Rosita hubiese estado feliz de ir, porque para ella el arte requería de esa presencia escénica. Mi abuelo Moisés, el que iba al gallinero del Colón para escuchar y ya no ver Ópera cuando se podía ir casi gratis, hubiese sido sorprendido por el valor de la entrada de la platea de The Old Woman. Mi abuelo hubiera utilizado los recursos del pobre obrero gráfico: siempre hay un amigo acomodador o boletero que ofrece a cambio de unas monedas un pase sospechoso para la última fila del paraíso.
Mi amiga Silvia, la que sabía tanto de cine y me enseñó más y con la que tanto discutí por trabajo en la televisión, (supongo que siempre trabajo con furia, porque recuerdo constantemente a los que no trabajan porque no pueden y siento que es imprescindible trabajar un poco por ellos), decía que a veces hay que pasar de lo que debe verse como mandato social.
Silvia murió joven y supongo que la extraño un poco porque  encuentro muy poca gente que tenga la capacidad de iluminar lo que toca como ella que enseñaba solamente con estar. Eso es un don.
No creo que Silvia hubiese ido al Ópera. Ahora que no encienden más las luces del techo del teatro que titilaban estrellas en el cielo, el Ópera se parece más a uno de estos edificios antiguos de Buenos Aires que se han convertido en una tienda de ropa o en una pizzería y cargan como en el tango Cuesta Abajo, de Gardel y Le Pera, la vergüenza de haber sido y el dolor de ya no ser.
De todos modos, los regalos verdaderos son también una forma de felicidad del que los da, porque los otros que los piensan antes cuando lo adquirieron o hicieron o inventaron y nosotros, los que los recibimos luego, acaso creemos que el dolor puede anularse en el pequeño momento en que se ve la caja o que se abre la bolsa, una fracción antes del contenido.
En Qué Bello es Vivir (2), de Frank Capra, el personaje de James Stewart, recibe un regalo curioso que es ver qué hubiese sucedido en el pueblo, si no hubiese nacido. Un insólito regalo que hace que aparezca en otra vista todo lo demás, porque todo tiene sentido si uno apenas ve la caja, si al menos puede ver la verdadera caja, no el regalo en sí y de dentro vuela el infinito.
En The Old Woman, el regalo lo hace un escritor enloquecido, Daniil Kharms, que muere de hambre en una celda y antes destila el absurdo en viejas que curiosas, se asoman a las ventanas una detrás de otra y caen de los edificios por ése exceso de curiosidad: esas viejas mujeres que llevan relojes sin cuerdas y que relatan una historia en la que dos hombres cuentan acerca del hambre, de cómo nace, crece y modifica lo que pensamos. Silvia, que vivió de grande en una pensión de la calle México compartiendo un baño que le dio la asistencia social, hubiese comprendido como nadie la rabiosa repetición de Kharms, porque para sentir hay que preguntarse qué hay que saber, y cómo transformar lo que es sentir, es una de las preguntas del arte.
¿Cómo leer el corazón humano?, se pregunta el director de cine alemán Werner Herzog en el libro Manual de supervivencia (3). Lo que él sostiene es que solo se aprende con la experiencia. Experiencias de la naturaleza de criar hijos, o haber estado preso o enfrentado un verdadero peligro o, claro, pasar hambre. Un hambre de muerte como el que encontró a Kharms en la celda en la que lo introdujeron algunos comisarios de la moral de su época.
Robert Wilson dice en el programa de mano de la obra; ¿si sabés qué es, qué sentido tiene hacerlo?
En el escenario de The Old WomanKharms cuenta a través de los cuerpos de Dafoe yBaryshnikov y de un espacio escénico estilizadamente absurdo, sobre un hombre capaz de hacer milagros, pero que no hace ninguno y arrojado de su casa muere.
En Qué Bello es Vivir, el milagro verdadero, el auténtico regalo es soñar con el pasado que se añora, al estar cuesta abajo en la rodada, como se sueña al cantar un tango. (4)
Como escribe Charles Bukowsky, los pocos diferentes son eliminados bastante rápido y lo que queda es lo que ves. Y es duro.
Así que pienso que un verdadero regalo se introduce de sorpresa en el dolor.
Y cuando son magníficos y verdaderos cumplen, no con la platea de lo que se espera, sino que van al encuentro de la inexorable promesa y desesperación del paraíso de la propia vida.

Roberto Camarra, 30 de agosto de 2014, día de Santa Rosa de Lima.

1.- The Old Woman, sobre textos de Daniil Kharms y adaptación de Darryl Pinckney se presentó en el Teatro Ópera de Buenos Aires, con dirección de Robert Wilson y actuación de Mikhail Baryshnikov y Willem Dafoe.
2.- Qué Bello es Vivir, (It’s a Wonderful life, USA, 1946). Dirigida por Frank Capra. Con James Stewart, Donna Reed y Lionel Barrymore.
3.- Herzog, Werner. Manual de Supervivencia. El Cuenco de Plata, Buenos Aires, 2013.
4.- Hay una película de la Paramount sobre la letra del tango de Gardel y Le Pera. Cuesta Abajo (USA, 1934). Dirigida por Louis Garnier. Interpretada por Carlos Gardel y Mona Maris.







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