Nada De Lo Que Quedó. Fotografías por Roberto Camarra.



Entre 2009 y 2013 mis padres murieron.


Cuando alguien muere quedan las radiografías de la enfermedad, las habilidades que tuvimos y que certifican los registros de conducir y los diplomas de la facultad, las fotos carnet y las cuotas de las asociaciones a las que nos sometimos, manojos de llaves inútiles, juegos de copas incompletos, huellas que recuerdan el tiempo del cuerpo en la cama y algo mal acomodado, a medio hacer, como prueba de que alguien se fue a las apuradas y nunca llegó a cerrar la puerta del patio.


También quedan las paredes de la casa que se deteriora, los techos que se llueven, lo que ya los padres ancianos no podían detener, el azogue de los espejos que es el efecto de la locura y del tiempo, las manchas de la humedad, las ramas y las flores del palo borracho que tapan los desagües de la terraza, libros de colecciones de la editorial Kraft que ya no existe, tapas amarillas, y ajadas.


Quedan las notas de amor en los cuadernos infantiles, las recetas escritas a mano en pequeñas hojitas agregadas a los manuales de cocina, las interminables cuentas de los servicios a nombres de otros que quedan como fantasmas de la familia, los dibujos infantiles y los bordados, las máquinas de calcular inservibles que ya tienen despegados los números de los teclados que son reemplazados por un papelito escrito a mano y pegado.


Cuando alguien muere aparece como si no hubiese esperado otro momento para mostrarse, la insensibilidad de un pariente directo para embolsar o regalar o vender los abrigos, los zapatos, los vestidos, los regalos, las cajitas, los objetos ajenos y que no le pertenecen y nunca le pertenecerán aunque terminen en un falso perfil de venta de internet.


Aparece entonces lo miserable, para apropiarse de la casa como si fuera suya, como si fuera propia, como si pudiese ser de alguien que no sea el que la vivió, por el solo peso de la herencia, salteadores nocturnos de lo que nos afecta y de lo que nos arramblamos como ladrones oscuros y sin memoria.


Entre 2009 y 2013 realicé algunas fotos con cámara automática de lo que veía y encontraba.


Imprimí estas fotos en canvas.


Llamé a esta serie NADA DE LO QUE QUEDÓ.


Estas fotos se exhiben en FOLA en el marco del año 25 del taller de foto de la FADU UBA, junto a imágenes de otros artistas y de proyecciones de participantes de los talleres que realizamos.


También hay una placa de 4 por 5 pulgadas en transparencia puesta en backligth. La foto es de mi padre en la cama cuando mi madre lo cuidaba. Por un error de la toma, la placa quedó dos veces expuesta. Por esa falla, la mirada de mi padre parece observar como un único ojo que se abre y se cierra, como creo que acaso nos miren los que ya no están. En el montaje y por una cuestión de armado, la luz del dispositivo quedó muy baja. Entiendo que a veces el azar decide, y de todas maneras, NADA DE LO QUE QUEDÓ es aquello que difícilmente podría haber tenido ningún tipo de luz.


En todo caso, la luz estará si respetamos lo que hicieron otros, lo que otros necesitan de esos objetos, (la memoria, es acaso un objeto incontable y lleno de amor y dolor, ambiguo e impreciso como la forma de un objeto infinito: las flores que hizo mi padre en una pared de su casa y que ahora tiene una capa de pintura de color horrendo encima; cierta ropa de mi madre que descubrí con horror en la basura y tirada en la vereda, en el apuro que los familiares tienen por arrojarlo todo), lo que nosotros hicimos con esas cosas.


Aunque lo valioso, como le ocurrió a un amigo, quepa en una caja de zapatos.


Poco antes de morir llevé a mi padre a la calle Campillo. Afuera había sol. Adentro había otros dueños. Enfrente, en la Agronomía, mi abuelo me llevaba días así a ver los animales que poseía la facultad.


Detuve el auto mientras mi viejo, que ya no podía sostenerse en pie, miraba por la ventanilla los árboles, el bar de la esquina que ya no estaba, los vecinos que habían cambiado, y lo que había vivido cuando era un chico en la vereda y que yo no podía ver. Adentro de la casa de sus padres, cuando a mi vez fui chico, yo jugaba con soldaditos y animales de plástico en el piso de madera. Aún recuerdo la radio vieja, la olla del puchero de mi abuela en la cocina, las frazadas ásperas de la pequeña cama en donde dormía cuando era pequeño, el tic-tac de un reloj a cuerda, un tic-tac pesado, metálico, que sonaba como se mueve un insecto que se arrastra lento y como el tiempo, definitivo.


Roberto Camarra, mayo de 2016.





NADA DE LO QUE QUEDÓ.

Fotografías de Roberto Camarra


En la sala 3 de FOLA, (Fototeca Latinoamericana), Godoy Cruz 2620, Buenos Aires. Hasta el 12 de Junio.


En el marco de la muestra por el año 25 del Taller de Foto de la FADU, UBA.


También se proyectan de manera permanente trabajos del Taller de Creación de Imágenes en el monitor de la sala y se exhibe obra de Cortés, Salerno, Tubío, Zanela y Zampaglione.Por el Taller de Creación de Imágenes.


Coordinador Roberto Camarra. Coordinador del Taller de Foto FADU, UBA.: Arq. Augusto Zanela. Colaboración en la producción del área de fotografía del Centro Cultural Recoleta: Adrián Rocha Novoa, Gabriel Liporace, Carolina Santos, Myriam Suetta. Colaboración en el diseño del TCI: Lic. Gabriel Liporace, (1998-2008). Asistente en la producción: María Mohorade Cardús, (2008-2016). En colaboración: Lucía Luna,(2008-2016).


FOLA: Godoy Cruz 2620, sala 3. Lunes a Domingos de 12 a 20 horas. (Miércoles Cerrado), 5 al 12 de junio de 2016.


http://fola.com.ar/wp/programacion/sala-tres/



Comentarios

  1. Bravo, Roberto. Por tu relato de la muerte y por contarlo. Con un océano y dos meses de distancia, me has emocionado.

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  2. Este comentario ha sido eliminado por el autor.

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