La Terraza


La propaganda manda cruel en el cartel,
y en el fetiche de un afiche de papel se vende la ilusión, se rifa el corazón... …como en el tango (1).
Unas chicas están de noche en una terraza. No llueve, hay un clima agradable, la ciudad se aprecia, inmensa, luminosa, lejana y limpia. En esas risas todo es una alegría que festeja algo compartido, hay lamparitas de colores, está oscureciendo. Qué festejan? Estar allí arriba, protegidas o escondidas de lo que pasa abajo? Negarse a bajar como en el film La Terraza de Torre Nilsson? (2) Eso propone o invoca la propaganda en el cartel. De hacer un verbo de una posibilidad. Una posibilidad ausente, porque poseer una terraza para terracear implica poder acceder, hacia arriba. Pero tener no el acceso a una terraza, sino el acceso a una vivienda, es algo lejano, salvo que medie la ocupación del espacio público. Así que el estado lo vende a toda velocidad, para otros fines, que son los de las corporaciones y el de los privilegiados. Siempre hay un primo por ahí. En realidad, como dicen las notas de los periódicos tradicionales, ya no sólo acceder: poder pagar las expensas se ha vuelto arduo. La propaganda dice VAMOS A TERRACEAR. Pero aquí, abajo, no podemos dejar de mirar sin que la vista duela. Cuando yo era chico, no los veías, eran muchos menos. En Tucumán, cuando fueron muchos, los tomaron en camiones y los arrojaron en otra provincia. Fuera de la vista se acabó la rabia, pensó un general. Pero luego no hubo forma de trasladarlos, supongo. Fueron apareciendo de a poco, conformando un ejército que aquel general no hubiera querido comandar, pero que ayudó a provocar. Por suerte desde las terrazas no se los ve. Pero en la calle no son decenas, no son cientos. Son miles. No ocupan espacios libres de los ferrocarriles, no llegaron al loteo, no tienen amigos en los partidos, han perdido el esquema familiar. Los ves, salvo que te tapes los ojos, sin ropas, o con andrajos del Medioevo, tirados en cajeros automáticos que te hablan sin que les pidas y te dicen cómo transferir dinero. Los olés, salvo que uses fuertes fragancias, porque no tienen acceso al aseo mínimo. Los escuchás pidiendo, uno tras otro, salvo que tengas los auriculares a todo volumen, todo el día, escuchando bandas de líderes que tocan en el Colón y chocan autos de alta gama los días de lluvia. Los sentís, salvo que no puedas despegar tus ojos de la máquina del infierno de los grupos de Whattapps, salvo que creas que lo que te apoyan en las piernas como forma de mercancía, de pedido, de súplica o de lástima, sea un intercambio de libre comercio en los subtes y en los trenes. Están ahí, pero no los ves. De eso se trata, dice Ricardo Darín en la película Nueve Reinas, (3) refiriéndose a los ladrones. Están ahí, pero nos los ves. De eso se trata, parece decir la propaganda del gobierno que dice VAMOS A TERRACEAR, lejos del olor, de la vista lastimada y de las estampitas en las rodillas a los afortunados que se sientan en los subtes y trenes atestados. A veces son muy chicos. Estoy cansado de llamar a los teléfonos de asistencia que no envían a nadie nunca. Porque no son parte, no son personas, no tienen nombre, salvo cuando arrojados al piso, en un subte en hora pico, un policía les pide en un gesto, inclasificable por lo inútil, el documento. El tipo apenas responde, esto lo ví el viernes, desorientado en su propia confusión mental. Solamente los atienden cuando interrumpen el paso. A veces, tienen un gesto que delata que alguien los cuidó o los educó. Ví una vez un pibe en un zaguán que había ordenado sus zapatos varios números más grande, de hombre, a los pies del espacio del edificio en el que se encontraba, en la vereda, como si los hubiese puesto al pie de una cama imaginaria. Pero otras veces, veo a otro tipo de personas que no creen en la crueldad millonaria e impúdica de los carteles, y están ahí, con vasitos de telgopor, con envases de plásticos, recorriendo los rincones y los centros donde no responden los llamados de los números de emergencia. Están ahí: no solamente les dan de comer. Les hablan, les sonríen. No le temen ni a la vista, ni al olfato, ni al tacto. Se sientan en las hediondas veredas de Buenos Aires, cubiertas de basura. Se bajan y se ponen a su altura. Seres humanos, gente de las parroquias o gente que es apenas, gente, hablándole a otros seres humanos que fueron tirados ahí, a la intemperie. Los he visto a estos ángeles particulares, lavarles con agua oxigenada las heridas de los pies los expulsados de todos, acercándose a los refugios improvisados en la calle de los cines.
Un viernes, de los ideales para terracear, estábamos con un grupo y no íbamos a “fotear”, como pide la propaganda que debe haber salido millones y que incita a creer que se puede fotografiar sin mirar. Estábamos en la tierra, haciendo las cosas que hacemos los que aún no caímos. Sacando fotos de los cielos nocturnos, lo poco que aún se ve en Buenos Aires si no tenés terraza. Estábamos a 100 metros de la Casa de Gobierno. Cerca de donde reparten ropa y comida y se hacen largas filas de los que no tienen nada. Algunos protestaban, porque hay vivos que las venden y nosotros las necesitamos, decían. Mientras los carteles brutales dicen que hay que morfar, pero las calles son un río de basura, o hay que gambetear cuando los espacios verdes quedan para empresas que hacen negocios con las tierras que beneficiarán a los mismos de siempre o cuando invitan a chusmear a gente de edad en veredas al sol, cuando el código de planeamiento urbano se va a cambiar para que haya más edificios y ya no haya sol en las veredas y cuando los ancianos no pueden andar solos en la calle, por el estado de las veredas y por los otros peligros que los acechan, cuando las campañas son brutales, tienden a imponer y a o obligar, lo que no sería exactamente democrático, porque democrático es que estén todos, y que no te digan lo que tenés que hacer, estábamos parados en Plaza de Mayo. Entonces se acercó a pedir. Tiene una barba larga y ojos rápidos en una cara y suave. Su ropa está hecha de retazos de telas y de plástico. Tiene a forma de vincha y sombrero, lo que fue una bolsa de consorcio. Pedía y pedía. Le dí de lo que me sobra. Tan miserable como los carteles que invitan a la felicidad de los que podemos. Le pregunté el nombre. Tardó en darse cuenta y dijo: Juan. Como si el nombre le viniera del pasado o como si lo hubiera perdido y entonces lo encontrara de nuevo. Y lo repitió, reconociéndolo, luego de un tiempo en el que no lo tuviera. Habrá tenido alguna vez mamá? Habrá estado con ella un día de la madre? En qué momento perdió todo y llegó hasta allí: qué se le rompió adentro, qué le rompimos nosotros, qué le rompieron adentro mundos de imágenes felices a los que no pertenecerá nunca? Dudó un poco. Uno de mis amigos le dijo que además de ropa estaban dando comida, los pocos que dan lo que mejor tienen, que es el amor por los hijos que no conocen. A lo mejor me dan algo, dijo y se fue con los billetes arrugados en la mano, sin mirarlos. Y se fue por la tierra, que es donde vivimos todos, lejos de las terrazas de las mentiras.

Roberto Camarra, 16 de octubre de 2016. (A todos los hijos que buscan a sus madres, a todas las madres que esperan a sus hijos).

(1). Afiches. (Tango) Cruel en el cartel, la propaganda manda cruel en el cartel, y en el fetiche de un afiche de papel se vende la ilusión, se rifa el corazón... Y apareces tú vendiendo el último jirón de juventud, cargándome otra vez la cruz. ¡Cruel en el cartel, te ríes, corazón! ¡Dan ganas de balearse en un rincón!
Ya da la noche a la cancel su piel de ojera... Ya moja el aire su pincel y hace con él la primavera... ¿Pero qué? si están tus cosas pero tú no estás, porque eres algo para todos, como un desnudo de vidriera... ¡Luché a tu lado, para ti, por Dios, y te perdí!
Yo te di un hogar... ¡Siempre fui pobre, pero yo te di un hogar! Se me gastaron las sonrisas de luchar, luchando para ti, sangrando para ti... Luego la verdad, que es restregarse con arena el paladar y ahogarse sin poder gritar. Yo te di un hogar... -¡fue culpa del amor!- ¡Dan ganas de balearse en un rincón!
Música: Atilio Stampone Letra: Homero Expósito
(2) La Terraza. (Argentina, 1963). Dirigida por Leopoldo Torre Nilsson. Con Graciela Borges, Leonardo Favio, Dora Baret y Héctor Pellegrini.
(3) Nueve Reinas. (Argentina, 2000). Dirigida por Fabián Bielinsky. Con Ricardo Darín y Gastón Pauls

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