24 a las 12



Recuerdo que con el calor, en la provincia el agua se cortaba por las noches. Recuerdo el sonido del agua subiendo al tanque. Recuerdo cruzar el tiempo de la noche en el patio, esperando que corriera el viento. Recuerdo a mi tía, vestida de un papá noel deforme relleno con almohadones, más verde que rojo, como querría la verdadera tradición que no es la de la Coca Cola. Recuerdo que arrastraba una bolsa de tela y emitía una risa con sonidos guturales para que no le reconociéramos la voz. Recuerdo que éramos chicos y nos quedamos pensando que Papá Noel vendría despues, pero que nunca llegó. Recuerdo que siempre hacían chistes sobre ella y que nunca le dije que la quería y que no me importó que tuviera tantos sobrinos que la reclamaran. Recuerdo de nuevo a mi tía Iris, repitiendo, cerca de la medianoche: “ya va a nacer”, como si todo dependiera de eso. Recuerdo unas mesas largas en la casa de mi tío, el que dejó la marina porque el movimiento de los barcos lo mareaba. Recuerdo que quería mucho a ése tío que iba a la iglesia y bailaba tango, recuerdo que decían: Pedrito sí que sabe bailar. Y que todos mis tíos eran grandes bailarines.
Recuerdo un reloj pulsera con luces de colores, el mejor regalo de navidad que tuve nunca y que al día siguiente ya no encontré jamás.
Recuerdo que solamente tomábamos gaseosas para las fiestas. Recuerdo estar una navidad, caminando sólo por las calles, espiando como brindaban a las 12 dentro de las casas. Recuerdo que a veces, cortaban las calles del barrio y armaban mesas y si pasabas por ahí te convidaban y gritaban: ¡feliz navidad! Recuerdo que en los barrios la gente bailaba y no había violencia, o tal vez sí, pero no como la de ahora. Recuerdo que esperaba la bolsa de mandados hecha con cuerdas y manija metálica de mi abuela porque traía regalos amorosamente envueltos. Recuerdo que de grande tuve una juguetería y la gente corría a última hora para comprar lo que le faltaba. Recuerdo las lucecitas de todos los arbolitos de todas las casas de mi barrio. Recuerdo que cuando era chica, mi mamá también trabajó en una juguetería del centro de Buenos Aires para pagarse los estudios. Ahora pienso que me hubiera gustado estar ahí con ella, y ayudarla a envolver los regalos sin que me viera y cuidarla para que nunca sufriera.
Recuerdo los manteles servidos y las copas de diferente tipo, los platitos chiquitos llenos de comida y como algunos al final de la noche seguían llenos y otros se vaciaban enseguida. Que cada tía llevaba algo, menos Iris, que no sabía cocinar. Recuerdo que mi otra abuela usaba un abanico. Recuerdo que todos brindaban con sidra y que los más chicos podíamos probar un poquito.
Recién ahora entiendo que cuando somos chicos queremos escaparnos al tocar las 12 para ir a saludar a los amigos y cuando somos grandes no queremos más que volver, pero la mesa ya no está.
Recuerdo que antes tenías que ir a las casas a saludar, porque no los teléfonos no funcionaban y no había Whatsapp. Que a veces te encontrabas en las esquinas y que a mis padres nunca le gustaron los petardos. Que luego de brindar subía a ver los fuegos artificiales que recortaban la iglesia contra el cielo. Que mis gatos se escondían por el ruido. Que las cosas no sucedían para una foto.
Ahora pienso que perdonar es el trabajo más difícil. Que de todos modos espiamos el reloj para ver cuánto tiempo falta. Que en lo que creemos es lo que nos define. Y que no importa en que establo nazcas sino de que material hicieron el palacio de tu corazón.
R.C., (A mis tíos. Navidad de 2016).

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