Fidelidad

Ahora que una amiga me dice que ya no puede escuchar Pink Floyd, que no se puede escuchar algo que fue de otro en un espacio de felicidad, y menos, que no se puede escuchar algo que alguien no escuchó, una entrada a un recital clavada en una pizarra de corcho envejeciendo, un día y una hora en el papel, cuando todo debió haberse detenido y el universo siguió, indiferente en el tiempo arrojado adelante como un tren, con la fidelidad aferrada y la felicidad amarilla, leo lo que Mario Bellatin escribe en La Jornada de la Mona y el Paciente. ¿Cúando he sido más feliz?, me pregunto. Puedo contestar que nunca. Ni siquiera la vez que ví a toda una camada de ratas domésticas jugar con sus ruedas y sus columpios como si estuvieran disfrutando de un parque de diversiones. El piso de la jaula estaba recubierto de aserrín. Los animales tenían la edad perfecta. Y eran totalmente míos. En El Artista, el protagonista pierde la sonrisa ganadora y su falsa felicidad arrogante, su matrimonio y su casa, ...